martes, 16 de octubre de 2012

El último autobus

Repetía la misma rutina cada viernes, a pesar del cansancio que le provocaban las largas caminatas y el dolor insufrible en la espalda a causa del trabajo doméstico que realizaba durante todo el día, el viernes era su día favorito.

-Porque los viernes puedo soñar que soy libre- solía decir.

Cada viernes en cuanto los animales comenzaban con su orquesta matinal, Ana se levantaba, aún no salía el sol y ella ya había recogido agua del pozo, alimentado a las gallinas y preparado un humilde pero decoroso desayuno con tortillas, frijoles y chiles.

Su padre, Don Melesio, era un hombre de 47 años de carácter serio e impasible, en su mirada sólo podía verse una cosa: vacío. Había pasado dos terceras partes de su vida trabajando como albañil, su piel era particularmente dura, lo que le daba a su aspecto un aire de enojo y rigidez. Ana solía pensar que tanto cemento había terminado por convertirlo a él en una piedra.

Don Melesio siempre se levantaba con los primeros rayos del sol, pidiendo a gritos un café de olla. La habilidad que Ana había adquirido durante los últimos años, le permitía sortear esas peticiones matutinas sin complicaciones, sabía perfectamente a qué hora debía prender el fuego del anafre para que el agua estuviera lista en el momento preciso en que su padre despertaba. Después de darle el desayuno, Ana debía esperar a que el frío cediera ante la fuerza del sol; entonces su Padre habría salido a trabajar y ella podría darse prisa para, a escondidas de él, hacer lo mismo.

Tenía que realizar una larga caminata desde su casa hasta la carretera y mientras lo hacía rezaba un rosario rogando a Dios que cuidara de sus hermanos; la angustia que le provocaba dejar solos a aquellos pequeños de 4 y 6 años la consumía, pero no tenía otra opción, el viernes era el único día en que la Sra. Julieta le permitía lavarle la ropa y limpiarle la casa.
No ganaba mucho dinero, pero por lo menos podía alimentar a sus hermanos los fines de semana que su padre pasaba borracho, e incluso comprarle un par de cervezas más, con tal de mantenerlo tranquilo.

Ana siempre llegaba a casa de la Sra. Julieta en el momento en que esta salía a dejar a sus hijos a la escuela y se iba cuando todos regresaban para comer, esa era una imagen que no disfrutaba, el cuadro familiar donde todos se sientan a comer y platicar de sus vidas, era una imagen que le provocaba dolor. Desde que su madre había muerto, su vida había cambiado por completo, solía ser hija y hermana, pero ahora, a sus 16 años debía ser casi madre y trabajadora doméstica.

La ciudad siempre le había fascinado. Desde niña, cuando acompañaba a su madre a comprar alimentos en el mercado, soñaba con vivir en una de esas grandes casas grandes de colores, soñaba con tener peinados con moños como las otras niñas y le fascinaba la idea de cargar una mochila y vestir igual que todas ellas para ir a la escuela.

Ese viernes, Ana decidió tomar un camino distinto, hacía mucho que no veía el parque y aunque sabía que no podría detenerse ahí, se conformaba con una rápida imagen de los columpios amarillos en movimiento y los perros corriendo en el pasto. Pero aquel viernes el parque estaba repleto de gente, vendedores de fruta, señoras con flores y niños jugando con globos. Se quedo ahí, mirando un largo rato, hechizada por las risas, los olores, los colores, estaba particularmente encantada con la imagen de dos jóvenes besándose.
De pronto aquel chico se quedo mirándola fijamente, era la misma mirada escalofriante que su padre le había echado seis meses atrás, aquella noche cuando… cuando comenzaron las pesadillas. Ese recuerdo la hizo volver a la realidad, las nubes estaban a punto de ganar la lucha contra el sol y ella aún se encontraba muy lejos de casa. Comenzó a caminar con la vista empañada a causa del remolino de pensamientos que y recuerdos que corrían y golpeaban con fuerza en su mente. Odiaba que su padre bebiera, odiaba tener que ser ella quien le quitaba la ropa para meterlo en la cama cuando llegaba arrastrándose a casa con un pestilente olor, mezcla de alcohol y vómito, odiaba tener que esconderse cuando por el contrario, llegaba en pie, con la fuerza suficiente para darle una paliza, pero por sobre todas las cosas, Ana odiaba aquellas noches en las que Don Melesio la sacaba de su cama y le jalaba el cabello con una mano y le tapaba la boca con la otra, mientras aplastaba con fuerza su vientre. Esas pesadillas, como ella las llamaba, se habían vuelto cada vez más recurrentes.

Ana caminaba lo más rápido que sus larguiruchas piernas le permitían, el viento asustaba con fuerza las ramas de los árboles, el cielo comenzó a tomar un color rojizo que acrecentaba su desesperación -Debo regresar- se repetía una y otra vez; si su padre descubriera que salía a escondidas dejando solos a sus hermanos, seguro que la golpiza sería fuerte, pero lo peor, era que no pudiese volver a salir a trabajar, que no pudiese volver a la ciudad.

Las calles no le eran familiares, la obscuridad de la noche no le permitía identificar en qué dirección debía seguir. Estaba perdida. Una helada gota de sudor recorrió su espalda al imaginar que para ese entonces, su padre seguramente ya había regresado. Siguió caminando, pensaba en sus hermanos, en su madre, pensaba en el miedo que le provocaba la idea de vivir así para siempre.

Un gato negro la miraba fijamente desde el techo de una casa ubicada en la esquina en la que sin pensarlo, Ana dio vuelta. Se encontró con una fila de gente que comenzaba a subir en un camión blanco con líneas azules, ese era su autobús.

Se encontraba a escasos diez metros del camión, cuando este arranco y comenzó a avanzar. Ana decidió correr, corrió con todas sus fuerzas, la luna iluminaba las lágrimas que brotaban de sus ojos y su cabello no cesaba de revolotear a causa del viento. Ana siguió corriendo por más de una hora… en el sentido contrario del autobús.