jueves, 2 de mayo de 2013

SIRENAS DE TORSOS PLANOS


Luces de colores se mezclan con el olor fétido de tabaco y alcohol fundidos en perfumes baratos y sudor. Ricardo bebe una copa de prejuicios, mientras aleja sus propios pensamientos junto con aquellos buitres femeninos que intentan en vano acercarse a su cartera.

Maya se encuentra a escasos metros de él, ha estado ahí toda la noche, bebiendo y coqueteando con algunos perros vestidos de lana negra y corbatas de seda. Hermosa como siempre, regia e imponente, sus ojos azules hacen juego perfecto con el vestido esmeralda y el rosa de sus labios, unos castaños rizos juguetean burlonamente en su cuello, mientras el escote discute arrebatadamente con su espalda y su cintura. Ella sabe que Ricardo está ahí, que la está observando, que ha venido a buscarla, pero sabe también que aquel hombre no está listo y como experta en seducción, sabe además que lo mejor es ignorarlo.

La botella de ron está vacía, pero ha llenado a Ricardo de un absurdo valor, el suficiente para acercarse a ella y tartamudearle al oído: –Tú eres mía.

La habitación 237 del motel “El Faraón” es testigo de un diálogo mudo, una batalla de sonrisas desnudas y agresivos besos. A Maya le toma un tiempo deshacerse de todo el armamento de hule espuma, medias, telas, pelucas y maquillaje, titubea, pero al final se recuesta junto a Ricardo quien lentamente se funde en ella.

Maya está bañada en sudor ajeno, Ricardo tiembla sumergido en la profundidad de su miedo y de aquel otro cuerpo andrógino, bizarro, hermoso; toma a Maya de la cintura y la gira hacia él, quedando cara a cara, un espejo invisible se refleja frente a sus piernas, el rechazo es natural, el empujarla es un instinto y entonces comienza un monólogo lleno de reproches, miedos y preguntas sin responder.

Entre gritos y gruñidos, Maya se levanta delicadamente y desliza sobre su cuerpo una bata de seda, se maquilla de nueva cuenta y le hace una coleta a la peluca. La imagen hipnotiza a Ricardo quien en un instante cambia de actitud:

-–Quítate la bata ––le ordena, sosteniendo su miembro en la mano-–. Quiero verte.

-–¿Una erección te hace valiente? –– Maya suelta su cabello y replica burlonamente— si quieres te enseño la mía, para que agarres más valor. Camina lentamente hacia la cama y se detiene frente al montón de ropa, levantado su sostén de satín blanco. –Ya hemos pasado por esto, estoy cansada, la última vez casi me golpeas, ¿lo has olvidado?

-–No es fácil para mí, nunca he estado con otro... yo sólo he tenido intimidad con mujeres.

-–El amor no tiene sexo, te lo he dicho mil veces, como también te he dicho que entonces me dejes en paz, nadie te obliga a estar conmigo y sin embargo vuelves cada noche a perseguirme con tu daga de celos, qué quieres, ¿Quieres convertirme en tu Carmen? ¿Pretendes terminar conmigo como Desdémona? ¿Quieres volverme loca como a Lucía de Lammermoor?

-–Te quiero a ti.

-–Tu lo que quieres es la versión de mi con chichis y sin pito…

Un golpe. La cabeza de Maya rebota contra la alfombra, entre gritos y lágrimas se levanta, intenta huir, pero los brazos de Ricardo son más fuertes, ella cierra los ojos y se rinde, mientras en su cabeza suenan fuerte los acordes de “Il dolce suono”. 

Ricardo finalmente se ha quedado dormido. Maya sostiene un cigarro en una mano y en la otra sus tacones de aguja color violeta, se observa a sí misma frente al espejo del baño, observa aquel pedazo de hombre semidesnudo, aquel pedazo de mujer semivestida, llora, grita, golpea el espejo.

 …Ricardo se encuentra en un barco atravesando montañas de cerezos, la pulcritud del silencio se interrumpe por el canto de sirenas de ojos esmeralda y colas blancas con torsos desnudos y planos, se acerca a ellas flotando, las sirenas le arrancan la ropa y comienzan a besarlo, es una orgía de cantos, besos y rasguños, entre cabellos y cuerpos, Ricardo mira hacia su propia cintura, no tiene sexo…

El timbre del teléfono anuncia estrepitosamente que el tiempo de la habitación ha terminado, Ricardo despierta de un brinco y automáticamente lleva su mano hacia su pene, la erección matutina lo tranquiliza, aún está ahí. Al no ver a Maya, se levanta de la cama, se viste rápidamente y abandona el lugar.

Cristales color carmesí brotan de entre las piernas de Maya, su rostro perfectamente maquillado descansa inerte sobre el escusado.

…Maya despierta en un mundo distinto, donde no hay edificios, todo es agua, no hay humanos, todo es calma, no hay machos ni maricones, todo es silencio, no hay penes ni vaginas, solo sirenas, sirenas sin sexo…

domingo, 20 de enero de 2013

MARICÓN

En una sala de altas paredes blancas bañadas con luz amarilla, un niño se abre paso entre su alborotado cabello para permitir a sus grandes ojos negros seguir con impaciencia la lectura de un libro de texto de Civismo.

El derecho a la integridad personal es la facultad de hacer o exigir aquello que la ley establece en nuestro favor para una vida con respeto y sano desarrollo. ¡maricón! Es el derecho que tenemos a ser cuidados tanto física como mentalmente. ¡maricón! La integridad comprende los niveles físico, psíquico y moral. La integridad moral hace referencia al derecho de cada ser humano a vivir de acuerdo con sus convicciones, siempre y cuando no se perjudique a nadie. ¡maricón!

Chucho cierra su libro de forma violenta, le es imposible lograr concentrarse en la tarea, golpea la mesa al sentir sus lágrimas brotando nuevamente. ¡maricón! Se siente furioso, impotente. Odia la escuela, odia el futbol, odia a sus compañeros.

El quinto año de primaria se había convertido en una tortura. Chucho estaba consciente de ser diferente a los demás, pero no era algo que le molestara; sin embargo, ese año sus compañeros lo habían hecho tan notorio que su popularidad se había acrecentado negativamente en toda la escuela. Algunos niños se divertían escondiendo su mochila o quitándole su dinero, Chucho terminó por acostumbrarse a aquellas “bromas”, pero lo que realmente le molestaba era aquel mote con la que ahora lo apodaban. La situación empeoró aquel viernes cuando Armando, un niño de estatura gigantesca para su edad y con una cara llena de granos acorraló a Chucho en la parte trasera de los baños a la hora del recreo, y con un plumón negro pintó en su camisa a todo lo largo de la espalda la palabra: Maricón.

-Así todos sabrán lo que eres- se carcajeaba.

Al llegar a su casa, Chucho se quitó el uniforme y lo escondió debajo de su cama, había decidido tomar tal precaución aún sabiendo que sus padres no se darían cuenta, pues debido a su trabajo, pasaban muy poco tiempo en casa. Llevaba dos meses intentando hablar con su Madre, su Padre era un hombre serio a quien no le tenía mucha confianza y por lo tanto no deseaba que el supiera nada al respecto. Por el contrario, buscaba cualquier oportunidad para explicar a su Mamá lo que sucedía. En uno de aquellos intentos, ella lo regaño por tener ideas tan absurdas como querer cambiarse de escuela. Otras veces, antes incluso de que él comenzara a hablar, ella presentaba un monologo poco entendible para Chucho, que incluía temas relacionados con facturas, calificaciones, dinero, divorcio y una interminable lista de reproches; Así que al final, Chucho desistía y la dejaba sola, esperando que ella se tranquilizara.

Los días siguientes casi no comió, algunas galletas o una manzana le eran suficientes, por las noches dormía poco, bañado en sudor daba vueltas en la cama y respiraba con dificultad.

>>Corría por un bosque de flores azules que volaban hacia el cielo y explotaban en fuegos artificiales. Una manada de lobos rojos con enormes colmillos y ojos color purpura lo acechaban, tenía miedo, pero sostenía en su mano un gis blanco con el que podía dibujar puertas, escaleras, paredes e incluso dibujarse alas a sí mismo. Volaba entre rocas de jabón en un cielo verde. Uno de los lobos lo ha alcanzado de un brinco. El gis se ha caído. Las gigantescas bestias se incorporan en sus patas traseras, todos visten pantalones grises y chalecos azules. Lo muerden, se ríen. Está sangrando, intenta limpiarse pero el color negro de su sangre forma una palabra que brilla en el cielo alumbrada por la luz de una enorme pelota de futbol ¡maricón! Corre. Los lobos ríen a carcajadas ¡maricón! Las flores explotan ¡maricón! Una estrella fugaz pasa a su lado e intenta alcanzarla pero se da cuenta de que no tiene brazos, ¡maricón!<<

Chucho despierta con un sobresalto, instintivamente busca sus manos, toma la bolsa de plástico que está debajo de su cama y sale corriendo rumbo al patio, al bajar las escaleras escucha la puerta principal cerrarse de golpe. -Otra vez solo-.

Algunas aves alborotadas comienzan a salir de las ramas del árbol donde la madre de Chucho amarra los mecates para colgar la ropa; Al otro lado, un lavadero y unos enormes tinacos oxidados lo acompañan mientras talla su camisa con fuerza, ha intentado con todo lo que tiene: jabón, cloro, champú, pero es inútil. –No se quita, la mancha no se le quita y mañana tengo que regresar a la escuela- Las lagrimas inundan sus ojos mientras sigue luchando contra aquel pedazo de tela, ha terminado por expandir la tinta del plumón y ahora parece que la palabra tiene una sombra a su alrededor, haciéndola más vistosa. ¡maricón!

Frustrado, toma la camisa, la enjuaga por última vez y tras exprimirla, sube a una silla para alcanzar uno de los mecates, las manos le arden. Al terminar de colgarla, resbala de la silla y en un intento por mantenerse en pie, arranca el mecate y golpea su rostro contra la tierra húmeda. ¡maricón! Mira la camisa, está llena de lodo, sujeta el mecate con ambas manos y lo estira con fuerza como si quisiera romperlo.

¡Maricón! ¡No puedes hacer nada bien! ¡Inútil! ¡Eres una nena! ¡Tu camisa está sucia, como tú! ¡Mariquita¡ Una tormenta de voces sacude su mente. Entre todo aquel estruendo, una voz se impone, habla entre sollozos pero Chucho puede escucharla claramente, es su propia voz gritando: -¡Cállense! ¡Cállense! … ¡No hay nada de malo conmigo! ¡Déjenme en paz! …

¡Nadie te quiere! ¡Eres una nena! ¡No sirves para nada! ¡Putito!

Quiero volar… Quiero sentirme libre… Quiero dejar de llorar, ¡maricón! ¡Cállense! Quiero dejar de escuchar sus risas, sus insultos… ¡maricón! Ya no quiero escucharlos… Mamá, mamá ¿dónde estás? mi camisa está sucia… Quiero una camisa blanca, quiero una camisa como la de todos los demás…

¡maricón!

04 de noviembre de 2012. Pocos periódicos han publicado la noticia; el encabezado es el mismo: NIÑO DE 10 AÑOS SE SUICIDA EN SU DOMICILIO. El menor de edad utilizó un lazo para colgarse de un árbol. Los padres dicen desconocer los motivos de su hijo puesto que no dejó carta póstuma.



jueves, 1 de noviembre de 2012

Flores Rotas

Cientos de cristales yacen sobre el piso. La luz del amanecer le da un brillo melancólico a las lágrimas de Consuelo, haciendo parecer que los cristales forman un riachuelo que brota de sus grandes ojoz azules.

Había comprado ese florero varios años atrás, cuando Roberto le declarara su amor con un hermoso ramo de alcatraces. Aquel primer gran y frustrado amor que sólo la juventud permite experimentar, y que había terminado tras la infidelidad confesa, no por él, sino por los ojos de Consuelo.

Después de Roberto, el florero tomó tantos colores como el número de amores que tuvo ella; los girasoles de Marco, los crisantemos de Fernando, los claveles de Rodrigo, los narcisos de Víctor, las gerberas de Emanuel, los nardos de Arturo, las violetas de Jaime y las interminables rosas rojas de Ángel, José Luis, Francisco y Macario.

Consuelo pensaba que los hombre son como las flores que regalan; la mayoría suelen ser predecibles o comunes, algunos brillantes, otros enigmáticos y otros pocos muy hermosos, pero al final algo tienen todos en común, tal como las flores, siempre terminan por marchitarse.  

Pero Mateo la había sorprendido, seis meses atrás después de Navidad, le había regalado un hermosos tulipan azul, ésa era su flor favorita y nadie jamás le había regalado uno. Desde entonces, el florero siempre estaba ocupado, Mateo era excepcional en cuanto a flores, en cada visita llegaba con algún ramo novedoso, haciendo que Consuelo cambiara las flores constantemente y evitando así que ella pudiera verlas marchitar. Además, nunca le regaló rosas. -Las corrientes y ordinarias rosas-.

Estaba enamorada, tanto que no paraba de llamarlo por teléfono, para saludarlo, para desearle un buen día, para preguntarle cómo estaba o simplemente para recordarle lo mucho que lo quería. Pasaba el tiempo pensando en él, cocinando para él, se arreglaba el cabello de formas distintas y nunca repetía un vestido cuando salían juntos. Había pasado muchos años caminando por jardines equivocados pero ahora por fin se sentía segura.

Hace una semana que el florero está vacío, Mateo no ha llamado, por supuesto tampoco la ha visitado. Consuelo lo ha buscado en su trabajo y en su casa, ha hecho incontables llamadas a su teléfono y nada, pareciera que ha desaparecido.

Hace unos días, cuando las últimas lilis naranjas cayeron muertas del florero, Consuelo se estremeció.
Ha pasado la noche despierta, llorando, recorriendo con sus dedos las arrugas que comienzan a formarse en su rostro, pensando en que ha hecho mal, recordando a su madre diciéndole que no sabe querer, evocando una y otra vez los recuerdos de su amado, los momentos de pasión, los besos, las caricias, tratando inúltimente de mantener viva la voz de él diciéndole: te amo.

Los ojos le duelen, aunque no tanto como el pecho. Llora, grita, se ahoga. -El maldito florero sigue vacío!- En un ataque de rabia rompe cartas, fotos y todo cuanto recuerdo existe en su habitación, en un impulso toma el florero y lo avienta contra el piso.

El timbre suena, Consuelo vuelve en sí con un respingo, se seca las lágrimas rápidamente, intenta limpiar el desastre que ha provocado. El timbre suena una vez más; Ella corre hacia la puerta, uno de los cristales se entierra en su pie haciéndola sangrar.

-¿Y si es él? ¿Y si ha regresado? Y si me ha traído flores... ¿dónde las voy a poner?

martes, 16 de octubre de 2012

El último autobus

Repetía la misma rutina cada viernes, a pesar del cansancio que le provocaban las largas caminatas y el dolor insufrible en la espalda a causa del trabajo doméstico que realizaba durante todo el día, el viernes era su día favorito.

-Porque los viernes puedo soñar que soy libre- solía decir.

Cada viernes en cuanto los animales comenzaban con su orquesta matinal, Ana se levantaba, aún no salía el sol y ella ya había recogido agua del pozo, alimentado a las gallinas y preparado un humilde pero decoroso desayuno con tortillas, frijoles y chiles.

Su padre, Don Melesio, era un hombre de 47 años de carácter serio e impasible, en su mirada sólo podía verse una cosa: vacío. Había pasado dos terceras partes de su vida trabajando como albañil, su piel era particularmente dura, lo que le daba a su aspecto un aire de enojo y rigidez. Ana solía pensar que tanto cemento había terminado por convertirlo a él en una piedra.

Don Melesio siempre se levantaba con los primeros rayos del sol, pidiendo a gritos un café de olla. La habilidad que Ana había adquirido durante los últimos años, le permitía sortear esas peticiones matutinas sin complicaciones, sabía perfectamente a qué hora debía prender el fuego del anafre para que el agua estuviera lista en el momento preciso en que su padre despertaba. Después de darle el desayuno, Ana debía esperar a que el frío cediera ante la fuerza del sol; entonces su Padre habría salido a trabajar y ella podría darse prisa para, a escondidas de él, hacer lo mismo.

Tenía que realizar una larga caminata desde su casa hasta la carretera y mientras lo hacía rezaba un rosario rogando a Dios que cuidara de sus hermanos; la angustia que le provocaba dejar solos a aquellos pequeños de 4 y 6 años la consumía, pero no tenía otra opción, el viernes era el único día en que la Sra. Julieta le permitía lavarle la ropa y limpiarle la casa.
No ganaba mucho dinero, pero por lo menos podía alimentar a sus hermanos los fines de semana que su padre pasaba borracho, e incluso comprarle un par de cervezas más, con tal de mantenerlo tranquilo.

Ana siempre llegaba a casa de la Sra. Julieta en el momento en que esta salía a dejar a sus hijos a la escuela y se iba cuando todos regresaban para comer, esa era una imagen que no disfrutaba, el cuadro familiar donde todos se sientan a comer y platicar de sus vidas, era una imagen que le provocaba dolor. Desde que su madre había muerto, su vida había cambiado por completo, solía ser hija y hermana, pero ahora, a sus 16 años debía ser casi madre y trabajadora doméstica.

La ciudad siempre le había fascinado. Desde niña, cuando acompañaba a su madre a comprar alimentos en el mercado, soñaba con vivir en una de esas grandes casas grandes de colores, soñaba con tener peinados con moños como las otras niñas y le fascinaba la idea de cargar una mochila y vestir igual que todas ellas para ir a la escuela.

Ese viernes, Ana decidió tomar un camino distinto, hacía mucho que no veía el parque y aunque sabía que no podría detenerse ahí, se conformaba con una rápida imagen de los columpios amarillos en movimiento y los perros corriendo en el pasto. Pero aquel viernes el parque estaba repleto de gente, vendedores de fruta, señoras con flores y niños jugando con globos. Se quedo ahí, mirando un largo rato, hechizada por las risas, los olores, los colores, estaba particularmente encantada con la imagen de dos jóvenes besándose.
De pronto aquel chico se quedo mirándola fijamente, era la misma mirada escalofriante que su padre le había echado seis meses atrás, aquella noche cuando… cuando comenzaron las pesadillas. Ese recuerdo la hizo volver a la realidad, las nubes estaban a punto de ganar la lucha contra el sol y ella aún se encontraba muy lejos de casa. Comenzó a caminar con la vista empañada a causa del remolino de pensamientos que y recuerdos que corrían y golpeaban con fuerza en su mente. Odiaba que su padre bebiera, odiaba tener que ser ella quien le quitaba la ropa para meterlo en la cama cuando llegaba arrastrándose a casa con un pestilente olor, mezcla de alcohol y vómito, odiaba tener que esconderse cuando por el contrario, llegaba en pie, con la fuerza suficiente para darle una paliza, pero por sobre todas las cosas, Ana odiaba aquellas noches en las que Don Melesio la sacaba de su cama y le jalaba el cabello con una mano y le tapaba la boca con la otra, mientras aplastaba con fuerza su vientre. Esas pesadillas, como ella las llamaba, se habían vuelto cada vez más recurrentes.

Ana caminaba lo más rápido que sus larguiruchas piernas le permitían, el viento asustaba con fuerza las ramas de los árboles, el cielo comenzó a tomar un color rojizo que acrecentaba su desesperación -Debo regresar- se repetía una y otra vez; si su padre descubriera que salía a escondidas dejando solos a sus hermanos, seguro que la golpiza sería fuerte, pero lo peor, era que no pudiese volver a salir a trabajar, que no pudiese volver a la ciudad.

Las calles no le eran familiares, la obscuridad de la noche no le permitía identificar en qué dirección debía seguir. Estaba perdida. Una helada gota de sudor recorrió su espalda al imaginar que para ese entonces, su padre seguramente ya había regresado. Siguió caminando, pensaba en sus hermanos, en su madre, pensaba en el miedo que le provocaba la idea de vivir así para siempre.

Un gato negro la miraba fijamente desde el techo de una casa ubicada en la esquina en la que sin pensarlo, Ana dio vuelta. Se encontró con una fila de gente que comenzaba a subir en un camión blanco con líneas azules, ese era su autobús.

Se encontraba a escasos diez metros del camión, cuando este arranco y comenzó a avanzar. Ana decidió correr, corrió con todas sus fuerzas, la luna iluminaba las lágrimas que brotaban de sus ojos y su cabello no cesaba de revolotear a causa del viento. Ana siguió corriendo por más de una hora… en el sentido contrario del autobús.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Sin título


Hoy, vi en los ojos de un hombre la tristeza, vi en su mirada el vacío, la frustración, la desesperanza.

Hoy vi a un hombre perdido en una nostálgica demencia, tratando de olvidar su pasado, ignorando el presente, evadiendo la realidad, esa realidad absurda en la que no es lo que quiere ser o no tiene lo que necesita o tal vez no está donde debería o con quien quisiera estar... ¿Qué se yo?

Hoy vi en sus manos la ausencia, hoy vi en su caminar la amargura y en su pecho un corazón roto.

Hoy vi en su rostro el llanto, un llanto seco que inunda el alma... Y pude ver con claridad: el dolor.

Quisiera decirle a aquel desconocido que la vida es así, que el dolor llega como un tornado, pero que no será eterno.

Quisiera decirle que no pierda el tiempo, que mire al futuro y dejé atrás el pasado, hablarle de cosas positivas y convencerlo de que todo estará bien, en fin, decirle aquellas patrañas que la gente común suele decir... Pero se que no me escucharía.

Quisiera lograr que ese hombre mirase al cielo y entendiera que el sol sigue brillando, que el cielo es gris pero también es azul.

Quisiera entrar en su mente y convencerlo de que nada logra al intentar olvidar, pues el olvido no es una cura sino una enfermedad.

Quisiera golpearlo, gritarle, ¡Hacerlo reaccionar! ... O tal vez escucharlo, darle una mano y dejarlo llorar...

Hoy, vi en aquellos ojos tantas cosas, que al final solo encontré... mi propio reflejo.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Sigamos

Sigamos pretendiendo que "ésto" es sólo un sueño, porque ambos sabemos que no tiene cabida en la realidad y es que lo que es real se vuelve serio y lo serio se torna aburrido...

Sigamos disfrutando de "ésto" que es así y así nomas no necesita de título alguno, porque ni a ti ni a mi nos va el compromiso ni el "tener que estar contigo", lo que nos tiene así juntitos ¡son las purititas ganas!...


Sigamos explorando nuestros cuerpos, palmo a palmo sin remordimientos, sin pensar en el mañana, lo que importa es el deseo, éste deseo que quema y nos jala hacia el infierno y sin embargo en cada beso nos acerca más al cielo...


Sigamos fingiendo que yo a ti no te extraño y tu por mi no sientes nada, ignoremos estas ganas, de gritarnos absurdos sentimientos que con el tiempo se marchitan...


Sigamos sumando encuentros de inocente lujuria que nos aparten de la monotonía, eliminando así los celos y los reclamos vanos como aquellos que se dicen novios y olvidaron ser amantes...

No lo arruines con un te quiero, no hace falta cuando te veo. No me hagas preguntas que entre mis brazos está la respuesta. No me tengas compasión, mejor sienteme apasionado. No sugieras un día de campo, mejor exige una noche en la cama que a mi lo que me gusta es dormir en ti y amanecer contigo... No me pidas nada que yo a cambio nada te prometo y sin embargo todo te entrego...

Y entonces sigamos, sigamos engañando al corazón e ignorando a la razón, mantengamoslos ajenos a ésto que sólo le compete al cuerpo, él si sabe lo que es sentir y sin en cambio no siente nada...


Sigamos disfrutando cada beso, sin temor a que se acabe nunca. Y es que si no te tengo no te pierdo y si no inicia, jamas terminará...

¡Sigamos por favor sigamos! pretendiendo que solo es un sueño, y así, si quiero, cierro los ojos y te vuelvo a soñar...

lunes, 30 de agosto de 2010

Hoja blanca

La hoja blanca, mi fiel amiga, no me juzga ni espera nada, se queda allí, paciente, recibe cualquier cosa, por más absurda que ésta sea, siempre está dispuesta a escucharme, no me reprocha por mis errores, ni le molesta oír la misma historia cien veces, a ti te conoce a la perfección, pues ha pasado noches enteras escuchando mis historias, mis quejas, mi llanto. También sabe de las fiestas y las parrandas, se ríe de mis amigas y le agrada mi familia. Es de mucha confianza pues nunca revela mis secretos, es mi confidente, sabe de mis sueños, también de mis temores y alguno que otro logro. He pasado tanto tiempo frente a ella, que en ocasiones he visto sus colores, los tiene ocultos, para quien no la mira con atención, es una simple hoja en blanco, pero para mi, es más que eso, mucho más, ella conoce del amor y el desamor, de aventuras y de fracasos, ella habla del sexo sin prejuicios, de las mentiras sabe montones, son sus favoritas y para descifrar las verdades es una experta. Cuando me quedo callado, ella escudriña en mis pensamientos, logra exprimirme hasta obtener lo que quiere, le fascina el conocimiento y se burla de mi ignorancia. Le encanta cuando le platico mis sueños, se divierte a mi lado y me anima a seguir soñando, a seguir creando locuras juntos. Poco le importa lo que los demás piensen de ella, me es fiel a pesar de todo, nunca se enfada pero me exige respeto. Nunca dejo de aprender de su sabiduría y siempre me sorprenden sus respuestas, como ésta noche cuando le he preguntado, qué tipo de finales prefiere, los finales felices o los finales tristes, ha soltado una carcajada y me ha respondido: Acaso aún no te has dado cuenta de que en realidad los finales no existen...

viernes, 6 de agosto de 2010

Lola

Una mujer en sus treinta y tantos espera sentada el autobus, abre su bolso para sacar el dinero y se da cuenta que está vacío. Lola tiene sólo veinte pesos y tres hijos que la esperan en casa. Lola cierra los ojos, su rostro aún le duele. Parece mentira que hace 10 años estaba perdidamente enamorada, sonríe irónicamente, se pregunta cómo llegó a donde está, se pregunta cómo soportó tantos golpes. Recuerda aquella primera vez que perdonó una infidelidad, sonríe otra vez con amargura. Lola no tiene empleo, nunca terminó la universidad, no tiene esposo, ni un abogado que la termine de divorciar y dentro de 6 días no tendrá tampoco donde vivir, pues debe más de 4 meses de renta. Lola sonríe nuevamente, pero ésta vez su sonrisa es honesta, pura, sonríe porque es libre, libre de miedos, de culpas, de ataduras, de cadenas, de rencores, libre de voces diciéndole que no puede, libre del llanto y la tristeza, libre del peso de los recuerdos; libre para reír, para disfrutar, para construir, para soñar, libre para comenzar y volver a tropezar, libre para vivir. Lola mira su bolso otra vez, tiene sólo veinte pesos, pero al mirar con atención se da cuenta que su bolso está lleno...

miércoles, 21 de julio de 2010

TV de 40 "

He recorrido más de seis casas de empeño, todas ofrecen lo mismo, nada, mi televisión de 40 " parece ser para ellos un vulgar aparato, pues lo más que ofrecen no paga ni la mitad de su valor. Es que no me han dejado explicarles, que ésta no es cualquier televisión, ella fue la primera en llegar a aquél departamento que llamabamos nuestro hogar, ella fue también la testigo de nuestras cenas románticas, de la pizza y las cervezas, de la pasión apurada en el sofá y de nuestras constantes peleas... En las casas de empeño no les importa saber, que por ésta televisión tu y yo nos mandamos a juicio ¡¡ No les interesa saber cuántas veces te grite que no encontraba el control remoto, no les preocupa que en las noches en que tú no estabas, que dicho sea de paso eran muchas, la tele era mi única amiga... No, en las casa de empeño no les interesa nada de eso... Pero si fue ésta misma televisión la que me vió llorar cientos de veces con aquellas peliculas cursis que tanto me gustaban y que tu tanto odiabas, fué ésta televisión la que me acompañó aquella noche que pase despiertó, preguntándome si hice lo correcto, fue ella la que me vió quedarme dormido en el sillón después de horas de llanto, fue ella la que quedo inservible después de tu partida y es ella de la que debo deshacerme ahora para terminar de vacíar aquel departamento, porque no puedo seguir viviendo ahí, porque no quiero tener un sólo recuerdo de esta tele, que con tanta emoción compramos juntos hace más de 5 años... pero en las casa de empeño nada de ésto les interesa...

Don Julian

Cada domingo, en el parque principal de un pueblo lejano con nombre de un santo (como todos los pueblos lejanos), se le ve caminar a Don Julian, ayudado de su bastón llega hasta la banca verde cobijada por la sombra de un gran arbol. Espera allí sentado mirando su reloj, siempre que dan las 3 pm se levanta y se va, camina lentamente arrastrando sus huaraches. Nadie sabe que es lo que espera y nadie nunca se lo ha preguntado. Don Julián es parte de aquel pueblo, el estaba ahí desde que se construyó la primaria y estuvo también el día que inauguraron el centro de salud; siempre asistía a misa y a las juntas de vecinos que no arreglaban nada. Nadie nunca supó que fue de su esposa ni de sus hijos,nadie nunca le preguntó siquiera si los tenía, el viejo del pueblo como algunos le llamaban era un hombre serio y callado, dedicado a su trabajo y a su espera dominical...

Hace más de treinta años que no vengo a este pueblo, ya tiene carretera y la vida aqui ha mejorado, pero para mi todo luce igual, me detengo en la plaza principal y me tomo un agua de jamaica de Doña Sofia, quien ahora tiene una "caseta" y las vende en vaso, no en bolsita. Recuerdo al niño descalzo que corría en la tierra tras un balón viejo y parchado. Todo sigue igual aquí, pero ¿dónde está Don Julián? He venido a contarle de mis estudios y mi trabajo, he venido a mostrarle fotos de mi casa y de mi familia. Pregunto por el y nadie me da razón, desde hace tres semanas que nadie lo ha visto. ¿Donde está Don Julian?, le he traído fotos de sus nietos.