Luces
de colores se mezclan con el olor fétido de tabaco y alcohol fundidos en
perfumes baratos y sudor. Ricardo bebe una copa de prejuicios, mientras aleja
sus propios pensamientos junto con aquellos buitres femeninos que intentan en
vano acercarse a su cartera.
Maya se encuentra a escasos
metros de él, ha estado ahí toda la noche, bebiendo y coqueteando con algunos
perros vestidos de lana negra y corbatas de seda. Hermosa como siempre, regia e
imponente, sus ojos azules hacen juego perfecto con el vestido esmeralda y el
rosa de sus labios, unos castaños rizos juguetean burlonamente en su cuello,
mientras el escote discute arrebatadamente con su espalda y su cintura. Ella
sabe que Ricardo está ahí, que la está observando, que ha venido a buscarla,
pero sabe también que aquel hombre no está listo y como experta en seducción,
sabe además que lo mejor es ignorarlo.
La botella de ron está vacía, pero ha llenado a
Ricardo de un absurdo valor, el suficiente para acercarse a ella y
tartamudearle al oído: –Tú eres mía.
La habitación 237 del motel
“El Faraón” es testigo de un diálogo
mudo, una batalla de sonrisas desnudas y agresivos besos. A Maya le toma un
tiempo deshacerse de todo el armamento de hule espuma, medias, telas, pelucas y
maquillaje, titubea, pero al final se recuesta junto a Ricardo quien lentamente
se funde en ella.
Maya está bañada en sudor
ajeno, Ricardo tiembla sumergido en la profundidad de su miedo y de aquel otro
cuerpo andrógino, bizarro, hermoso; toma a Maya de la cintura y la gira hacia
él, quedando cara a cara, un espejo invisible se refleja frente a sus piernas,
el rechazo es natural, el empujarla es un instinto y entonces comienza un monólogo
lleno de reproches, miedos y preguntas sin responder.
Entre gritos y gruñidos,
Maya se levanta delicadamente y desliza sobre su cuerpo una bata de seda, se
maquilla de nueva cuenta y le hace una coleta a la peluca. La imagen hipnotiza
a Ricardo quien en un instante cambia de actitud:
-–Quítate la bata ––le
ordena, sosteniendo su miembro en la mano-–. Quiero verte.
-–¿Una erección te hace
valiente? –– Maya suelta su cabello y replica burlonamente— si quieres te
enseño la mía, para que agarres más valor. Camina lentamente hacia la cama y se
detiene frente al montón de ropa, levantado su sostén de satín blanco. –Ya
hemos pasado por esto, estoy cansada, la última vez casi me golpeas, ¿lo has
olvidado?
-–No es fácil para mí, nunca
he estado con otro... yo sólo he tenido intimidad con mujeres.
-–El amor no tiene sexo, te
lo he dicho mil veces, como también te he dicho que entonces me dejes en paz,
nadie te obliga a estar conmigo y sin embargo vuelves cada noche a perseguirme con
tu daga de celos, qué quieres, ¿Quieres convertirme en tu Carmen? ¿Pretendes terminar
conmigo como Desdémona? ¿Quieres volverme loca como a Lucía de Lammermoor?
-–Te quiero a ti.
-–Tu lo que quieres es la
versión de mi con chichis y sin pito…
Un golpe. La cabeza de Maya
rebota contra la alfombra, entre gritos y lágrimas se levanta, intenta huir,
pero los brazos de Ricardo son más fuertes, ella cierra los ojos y se rinde,
mientras en su cabeza suenan fuerte los acordes de “Il dolce suono”.
Ricardo finalmente se ha
quedado dormido. Maya sostiene un cigarro en una mano y en la otra sus tacones
de aguja color violeta, se observa a sí misma frente al espejo del baño, observa
aquel pedazo de hombre semidesnudo, aquel pedazo de mujer semivestida, llora,
grita, golpea el espejo.
…Ricardo
se encuentra en un barco atravesando montañas de cerezos, la pulcritud del
silencio se interrumpe por el canto de sirenas de ojos esmeralda y colas
blancas con torsos desnudos y planos, se acerca a ellas flotando, las sirenas
le arrancan la ropa y comienzan a besarlo, es una orgía de cantos, besos y
rasguños, entre cabellos y cuerpos, Ricardo mira hacia su propia cintura, no
tiene sexo…
El timbre del teléfono
anuncia estrepitosamente que el tiempo de la habitación ha terminado, Ricardo
despierta de un brinco y automáticamente lleva su mano hacia su pene, la
erección matutina lo tranquiliza, aún está ahí. Al no ver a Maya, se levanta de
la cama, se viste rápidamente y abandona el lugar.
Cristales color carmesí
brotan de entre las piernas de Maya, su rostro perfectamente maquillado
descansa inerte sobre el escusado.
…Maya
despierta en un mundo distinto, donde no hay edificios, todo es agua, no hay
humanos, todo es calma, no hay machos ni maricones, todo es silencio, no hay
penes ni vaginas, solo sirenas, sirenas sin sexo…
No hay comentarios:
Publicar un comentario