viernes, 6 de agosto de 2010

Lola

Una mujer en sus treinta y tantos espera sentada el autobus, abre su bolso para sacar el dinero y se da cuenta que está vacío. Lola tiene sólo veinte pesos y tres hijos que la esperan en casa. Lola cierra los ojos, su rostro aún le duele. Parece mentira que hace 10 años estaba perdidamente enamorada, sonríe irónicamente, se pregunta cómo llegó a donde está, se pregunta cómo soportó tantos golpes. Recuerda aquella primera vez que perdonó una infidelidad, sonríe otra vez con amargura. Lola no tiene empleo, nunca terminó la universidad, no tiene esposo, ni un abogado que la termine de divorciar y dentro de 6 días no tendrá tampoco donde vivir, pues debe más de 4 meses de renta. Lola sonríe nuevamente, pero ésta vez su sonrisa es honesta, pura, sonríe porque es libre, libre de miedos, de culpas, de ataduras, de cadenas, de rencores, libre de voces diciéndole que no puede, libre del llanto y la tristeza, libre del peso de los recuerdos; libre para reír, para disfrutar, para construir, para soñar, libre para comenzar y volver a tropezar, libre para vivir. Lola mira su bolso otra vez, tiene sólo veinte pesos, pero al mirar con atención se da cuenta que su bolso está lleno...

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