Cientos de cristales yacen sobre el piso. La luz del amanecer le da un brillo melancólico a las lágrimas de Consuelo, haciendo parecer que los cristales forman un riachuelo que brota de sus grandes ojoz azules.
Había comprado ese florero varios años atrás, cuando Roberto le declarara su amor con un hermoso ramo de alcatraces. Aquel primer gran y frustrado amor que sólo la juventud permite experimentar, y que había terminado tras la infidelidad confesa, no por él, sino por los ojos de Consuelo.
Después de Roberto, el florero tomó tantos colores como el número de amores que tuvo ella; los girasoles de Marco, los crisantemos de Fernando, los claveles de Rodrigo, los narcisos de Víctor, las gerberas de Emanuel, los nardos de Arturo, las violetas de Jaime y las interminables rosas rojas de Ángel, José Luis, Francisco y Macario.
Consuelo pensaba que los hombre son como las flores que regalan; la mayoría suelen ser predecibles o comunes, algunos brillantes, otros enigmáticos y otros pocos muy hermosos, pero al final algo tienen todos en común, tal como las flores, siempre terminan por marchitarse.
Pero Mateo la había sorprendido, seis meses atrás después de Navidad, le había regalado un hermosos tulipan azul, ésa era su flor favorita y nadie jamás le había regalado uno. Desde entonces, el florero siempre estaba ocupado, Mateo era excepcional en cuanto a flores, en cada visita llegaba con algún ramo novedoso, haciendo que Consuelo cambiara las flores constantemente y evitando así que ella pudiera verlas marchitar. Además, nunca le regaló rosas. -Las corrientes y ordinarias rosas-.
Estaba enamorada, tanto que no paraba de llamarlo por teléfono, para saludarlo, para desearle un buen día, para preguntarle cómo estaba o simplemente para recordarle lo mucho que lo quería. Pasaba el tiempo pensando en él, cocinando para él, se arreglaba el cabello de formas distintas y nunca repetía un vestido cuando salían juntos. Había pasado muchos años caminando por jardines equivocados pero ahora por fin se sentía segura.
Hace una semana que el florero está vacío, Mateo no ha llamado, por supuesto tampoco la ha visitado. Consuelo lo ha buscado en su trabajo y en su casa, ha hecho incontables llamadas a su teléfono y nada, pareciera que ha desaparecido.
Hace unos días, cuando las últimas lilis naranjas cayeron muertas del florero, Consuelo se estremeció.
Ha pasado la noche despierta, llorando, recorriendo con sus dedos las arrugas que comienzan a formarse en su rostro, pensando en que ha hecho mal, recordando a su madre diciéndole que no sabe querer, evocando una y otra vez los recuerdos de su amado, los momentos de pasión, los besos, las caricias, tratando inúltimente de mantener viva la voz de él diciéndole: te amo.
Los ojos le duelen, aunque no tanto como el pecho. Llora, grita, se ahoga. -El maldito florero sigue vacío!- En un ataque de rabia rompe cartas, fotos y todo cuanto recuerdo existe en su habitación, en un impulso toma el florero y lo avienta contra el piso.
El timbre suena, Consuelo vuelve en sí con un respingo, se seca las lágrimas rápidamente, intenta limpiar el desastre que ha provocado. El timbre suena una vez más; Ella corre hacia la puerta, uno de los cristales se entierra en su pie haciéndola sangrar.
-¿Y si es él? ¿Y si ha regresado? Y si me ha traído flores... ¿dónde las voy a poner?
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